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terça-feira, janeiro 25, 2011

tumulto devido ao preço das commodities?

A volta da ''crise da comida''
"Alta dos preços de grãos, de metais e de combustíveis provoca inflação e temor de crises como as de 2008"
por Vinícius Torres Freire
Está de volta a conversa sobre o risco de tumulto devido ao preço das commodities. Risco de a comida cara provocar convulsões em países pobres, inflação precoce em países ricos ainda deprimidos e altas de juros nos "emergentes" que agora carregam o crescimento mundial (China, Índia e até Brasil).
A situação ainda não se assemelha à de meados de 2008, quando a economia mundial superaquecida e o dinheiro barato na especulação com commodities inflacionaram arroz, milho e trigo do Egito ao México (lembra-se da crise da tortilla?).
Os tumultos na Tunísia e na Argélia têm sido em parte atribuídos ao preço da comida. A nova inflação dos alimentos seria devida à retomada forte do consumo no mundo dito emergente e, mais uma vez, à ação de especuladores no mercado futuro de commodities. A oferta de dinheiro barato no mundo rico, a juro zero, estimularia a especulação.
Ontem, Nicolas Sarkozy voltou a sugerir a regulamentação dos derivativos de recursos naturais (comida, minérios, combustíveis). A França ocupa a presidência do G20 e apresentou um esboço de seu plano de ação. As ideias do presidente francês sobre regulação financeira, câmbio e "reequilíbrio do poder econômico e político" mundial vêm sendo ignoradas por quem importa (EUA, China), mas seu discurso se soma à onda recente de alertas sobre a escassez de recursos naturais.
O tema está na pauta do Fórum Econômico Mundial, o de Davos. A OCDE acaba de soltar um estudo sobre os problemas de segurança alimentar nas próximas quatro décadas. O Banco Central Europeu entrou nessa dança, ao dizer na semana passada que o preço das commodities fez a inflação da eurolândia ultrapassar a meta implícita da região. Até a autorização para que se misture mais etanol de milho na gasolina, nos EUA, entrou nas listinhas recentes de perigos.
A multiplicidade de catástrofes naturais em grandes produtores de matérias-primas chamou a atenção para o risco de uma crise climática crônica afetar a oferta desses bens. Neste ano, pela primeira vez desde 2008 deve haver redução do estoque mundial de grãos, segundo estimativa do International Grains Council divulgada na sexta-feira passada. A FAO (burocracia da comida da ONU) e cúpulas de ministros de agricultura têm feito alertas sobre a nova crise da comida.
"Se não fizermos nada, há o risco de tumultos por causa de comida nos países mais pobres e um efeito muito negativo para o crescimento econômico global", disse Sarkozy.
Um tanto como em 2008, a discussão cheira a farisaísmo. Primeiro, porque há preocupação com o aumento marginal da fome e de outras necessidades, mas não com a fome "regular", "normal". Segundo e mais importante, porque nem mesmo após 2008 houve qualquer iniciativa de lidar com os empecilhos à oferta de comida em país pobre.
Além dos problemas causados por selvagerias políticas autóctones de África e sul da Ásia em particular, há os danos causados pelas políticas do mundo rico e da falta de assistência aos miseráveis. Em suma:  1) subsídios e barreiras comerciais em países ricos; 2) falta de infraestrutura e mercados agrícolas nos pobres; 3) falta de condições tecnológicas (se o Brasil fez agricultura tropical, a África pode ter a sua também). Disso, pouco se fala.
(*) Vinícius Torres Freire, jornalista - Folha de S. Paulo.
Artigo originalmente publicado na Folha de São Paulo , 25/01/2011.
Fonte: IHU, 25/01/2011

terça-feira, novembro 09, 2010

carece de sentido

¿Guerra de divisas? ¡Por supuesto!

Immanuel Wallerstein* 
Las divisas son un problema económico muy particular. Porque las divisas son la verdadera relación donde unos ganan y otros pierden. Sean cuales sean los méritos de la revaluación o devaluación de una divisa particular, estos méritos son ganancias sólo si otros pierden. No puede todo mundo devaluar al mismo tiempo. Es imposible lógicamente y por tanto carece de sentido en lo político.
La situación mundial es bien conocida. Hemos estado viviendo en un mundo donde el dólar estadunidense ha sido la divisa mundial de reserva. Esto, por supuesto, le ha dado a Estados Unidos un privilegio que ningún otro país tiene. Puede imprimir su divisa a voluntad, siempre que piense que al hacerlo resuelve algún problema económico inmediato. Ningún otro país puede hacer esto; o más bien ningún otro país puede hacerlo sin penalización mientras el dólar se mantenga como la divisa de reserva aceptada.
Es también muy conocido que, por algún tiempo ya, el dólar ha estado perdiendo su valor en relación con otras divisas. Pese a las fluctuaciones continuas, la curva ha sido descendente tal vez durante 30 años por lo menos.
Los países del noreste de Asia — China, Corea y Japón — han emprendido políticas relativas a las divisas que otros países han criticado. De hecho éste es un asunto que es el objeto de una atención constante en los medios. Sin embargo, para ser justos, en este momento no es de ningún modo fácil establecer la política más sabia, aun desde la perspectiva egoísta de cada país.
Yo considero que el asunto subyacente es más simple que las enredadas explicaciones de la mayoría de los analistas de política. Comienzo con algunos cuantos supuestos. El estatus del dólar como divisa de reserva del sistema-mundo es la última ventaja importante con que cuenta Estados Unidos en el sistema-mundo de hoy.
Es por tanto entendible que Estados Unidos hará lo que pueda para mantener esta ventaja. Para hacer eso, requiere de la voluntad de otros países (incluidos, notablemente, esos del noreste de Asia) no sólo para que usen el dólar como modo de calcular las transferencias sino como algo en lo cual invertir sus excedentes (particularmente en bonos del Tesoro estadunidense).
No obstante, la tasa de cambio del dólar ha ido deslizándose constante. Esto significa que tales excedentes invertidos en bonos del tesoro valen menos conforme pasa el tiempo. Llega un punto en que las ventajas de tal inversión (siendo la principal ventaja el sostener la capacidad de las empresas estadunidenses y los consumidores individuales para pagar por sus importaciones) serán menores que la pérdida del valor real de las inversiones en bonos del Tesoro. Ambas curvas se mueven en direcciones opuestas.
El problema es uno que está presente en cualquier situación de mercado. Si el valor de unas acciones está cayendo, los dueños querrán deshacerse de ellas antes de que caigan muy bajo. Pero si un accionista grande se deshace de ellas muy rápido, esto puede impeler a que otros corran a vender, lo que ocasiona pérdidas aún mayores. El juego es siempre encontrar un momento elusivo para deshacerse de las acciones, uno que no sea ni demasiado tarde ni demasiado pronto, ni demasiado lento, ni demasiado aprisa. Esto requiere un sentido perfecto del tiempo, y la busca de esta sincronía perfecta es el tipo de juicio que con frecuencia se tuerce.
Esto es lo que veo como retrato básico de lo que está ocurriendo y ocurrirá con el dólar estadunidense. No puede continuar manteniendo el grado de confianza mundial de que alguna vez gozó. Tarde o temprano, la realidad económica se le empatará. Esto puede ocurrir en una conmoción de cinco minutos o en un proceso mucho más lento. Pero cuando ocurra, la pregunta clave es ¿qué ocurrirá entonces?
No hay hoy otra divisa que tenga el equilibrio necesario para remplazar al dólar como divisa de reserva. Siendo ese el caso, cuando el dólar caiga, no habrá divisa de reserva. Estaremos en un mundo multipolar de divisas. Y un mundo multipolar de divisas es un mundo muy caótico, en el cual nadie se siente a gusto porque los constantes virajes repentinos de las tasas de cambio hacen muy precarias las mínimamente racionales predicciones económicas de corto plazo.
El director administrativo del Fondo Monetario Internacional, Dominique Strauss-Kahn, en este momento advierte públicamente que el mundo se está hundiendo en una guerra de divisas, cuyo resultado podría tener un impacto negativo y muy dañino en el más largo plazo.
Una posibilidad real es que el mundo pueda revertir, a mí me parece que ya lo está haciendo, a acuerdos de trueque de facto, una situación que no es en realidad compatible con el funcionamiento efectivo de la economía-mundo capitalista. ¡Caveat emptor!, ¡compren a su propio riesgo!
(*)Sociólogo estadounidense.
Fonte: Sur y Sur. En La Jornada (www.jornada.unam.mx). Traducción de Ramón Vera Herrera.

segunda-feira, agosto 09, 2010

muy lejos del equilibrio

No hay nada más peligroso que una mala teoría econômica
por Steve Keen*
¿Por qué los bancos centrales ignoran sistemáticamente el dato de la proporción de la deuda en relación con el PIB?
La razón es muy simple: porque son economistas neoclásicos. No puedes llegar a ser banquero central sin algún diploma en economía, y la escuela de pensamiento dominante hoy en teoría económica es la neoclásica. Aunque buena parte de lo que ésta dice parece a primera vista inteligente, casi nada pasa de la charlatanería intelectual, según mostré en mi libro Debunking Economics, en donde resumí un siglo de profundas críticas a esa teoría, críticas que sus cultivadores han ignorado con premeditación.
Puesto que las críticas que de la teoría neoclásica han venido haciendo economistas y matemáticos podrían literalmente llenar bibliotecas enteras, no entraré aquí más que en la crítica de tres mitos neoclásicos que bastan para explicar por qué los economistas de obediencia neoclásica no pueden entender la dinámica de una sociedad como la nuestra, movida por el crédito. Los economistas neoclásicos creen que:
(1) La oferta de moneda nominal no afecta al producto económico real;
(2) El sector privado es racional, mientras que el sector público no lo es; y
(3) Se puede modelar la economía como si estuviera en equilibrio.
Lo que el primer mito trae consigo es que sus modelos matemáticos prescinden del dinero y de la deuda: el grueso de los modelos neoclásicos están construidos en términos - reales, y omiten completamente el dinero y la deuda. Así pues, puesto que la deuda ni siquiera aparece en sus modelos, se les escapa completamente la influencia de la misma (a pesar de que sus unidades de medida estadísticas funcionan muy bien registrando el nivel real de deuda).
El segundo mito significa que ignoran los hechos que apuntan a que la economía se halla muy lejos del equilibrio y significa también que malentienden los efectos de variables cruciales en el marco de desequilibrio en el que realmente vivimos.
Puedo ofrecer dos ejemplos del modo en que esto ha influido en los intentos de hacer comprender a los banqueros centrales que la proporción de la deuda en relación con el PIB es una magnitud muy importante: la discusión que hizo Ben Bernanke de la - Teoría de la deflación por deuda como causa de la Gran Depresión de Irving Fisher, y una discusión que yo mismo tuve sobre el asunto con un alto funcionario de la banca central australiana.
¿Bernanke un experto en la Gran Depresión?
Ben Bernanke accedió a su actual cargo [de presidente de la Reserva Federal de EEUU] en buena medida gracias a su reputación como experto en la Gran Depresión. En sus Ensayos sobre la Gran Depresión explicó por qué la mayoría de economistas no tomaban en consideración la teoría de Irving Fisher sobre las causas de la Gran Depresión, una teoría que destacaba la importancia de la deflación por endeudamiento:
- La idea de la deflación por endeudamiento se remonta a Irving Fisher (1933). Fisher contempló un proceso dinámico en el que unos activos a la baja y unos precios de materias primas igualmente en caída ejercían presión sobre los deudores nominales, forzándoles a la venta angustiosa de activos, la cual, a su vez, contribuía a la ulterior caída de los precios y a ulteriores dificultades financieras. Su diagnóstico le llevó a urgir al presidente Roosevelt a subordinar los problemas de la tasa de cambio a la necesidad de reflación, consejo que Roosevelt terminó por seguir. La idea de Fisher, empero, fue menos influyente en los círculos académicos, debido al contraargumento de que la deflación por deuda no significaba sino redistribución de recursos de un grupo (los deudores) hacia otro (los acreedores). En ausencia de grandes – e implausibles - diferencias en la propensión al gasto marginal entre los grupos, se le objetaba, las redistribuciones puras no podían tener efectos macroeconómicos significativos. (Bernanke, 1995, p. 17.) [1]
Aunque Bernanke se percata de que Fisher ― contempló un proceso dinámico, su explicación de por qué los economistas neoclásicos ignoraron la teoría de Fisher se expresa en términos intrínsecamente neoclásicos: ve la deflación por deuda como una mera redistribución del ingreso de un grupo social (deudores) a otro (acreedores). ¿Cómo es posible que la demanda agregada caiga tanto, si todo lo que ocurre es una transferencia de ingresos y riqueza de un grupo de consumidores a otro?
Pero cuando uno piensa en términos genuinamente dinámicos, el ingreso no es todo en materia de demanda agregada. En un contexto dinámico, la demanda agregada no es simplemente igual al ingreso, sino al ingreso más el cambio en la deuda.
En el curso de una burbuja financiera hinchada por la deuda – obvia precursora de una deflación por deuda -, los crecientes niveles de deuda impulsan la demanda agregada harto por encima de lo que ocurriría en condiciones normales, generando un auge tanto en la economía real como en los mercados de activos. Pero ese proceso viene a sumarse a la carga deudora soportada por la economía, especialmente cuando se usa la deuda para financiar la especulación con los precios de los activos más que para expandir la producción (pues eso incrementa la carga de la deuda, sin añadir capacidad productiva).
Cuando los niveles de deuda suben demasiado, el proceso que Fisher describió entra en acción, y los actores económicos pasan de aumentar voluntariamente sus niveles de deuda a buscar activamente reducirla. El cambio en la deuda se hace entonces negativo, lo que resta demanda agregada y el auge económico trueca en quiebra.
La deuda tiene poco impacto en la demanda cuando la razón entre la deuda y el PIB es baja: como en Australia en los 60, o como en los EEUU desde el comienzo de la II Guerra Mundial hasta los años 60. Pero en cuanto la proporción de la deuda en relación con el PIB llega a ser significativa, los cambios en la deuda pasan a dominar el rendimiento de la economía, como puede verse en los dos cuadros que siguen:
Cuadro 1: Demanda inducida por la deuda y desempleo: Australia
 Cuadro 2: Demanda inducida por la deuda y desempleo: EEUU
 Este es el efecto que pasaba por alto el marco neoclásico de Bernanke, que insistía en modelar el mundo como si siempre estuviera en equilibrio. El proceso de la demanda inducida por deuda resulta obvio cuando se piensa dinámicamente, pero si tratas de meterlo en la camisa de fuerza del equilibrio, como hacen los economistas neoclásicos, entonces no puedes entender nada de nada.
¿Un error de colegial?
En 2008, di una conferencia en un seminario que tuvo lugar en Adelaida, y al que asistía también Guy Debelle, un alto funcionario (para mercados financieros) del Banco Central australiano. Al terminar mi charla, comentó que no podía entender por qué buscaba yo relacionar comparativamente la deuda con el PIB, puesto que eso era tanto como comparar un stock con un flujo.
No me llamó entonces la atención esta observación crítica – para mí, las razones de la comparación resultaban obvias -, pero traté de responderle y me olvidé del asunto.
Un tiempo después, el antiguo colega y buen amigo de Debelle Rory Robertson, del Macquarie Bank, repitió las observaciones de Debelle en su circular sobre la tasa de interés, partes de la cual fueron luego reproducidas en varios blogs económicos, incluyendo el Business Spectator. Entre otras cosas, Rory decía que:
―El Dr. Steve Keen, entre otros, sigue cometiendo el error de colegial de comparar deuda e ingreso (un stock con un flujo, manzanas con naranjas) y pierde de vista lo principal.
La observación de que comparar deuda con PIB es cometer un error de confusión stock/flujo [2] puede parecer aguda a primera vista, pero lo cierto es que es un sinsentido. Lo que revela es que quien la hace no entiende de dinámica, cosa común a casi todos los economistas neoclásicos.
En términos dinámicos, la razón entre la deuda y el PIB te dice cuántos años tomaría reducir a cero la deuda, si todo el ingreso se dedicara a honrar la deuda. Es un indicador extremadamente valioso del grado de tensión financiera al que está sometida una sociedad (o un individuo).
En mi experiencia, el público general entiende perfectamente eso. Sólo los economistas parecen tener dificultades en comprenderlo: no porque resulta difícil, sino porque están profesionalmente entrenados para no prestar atención al análisis dinámico, y por lo mismo, y a diferencia de los ingenieros de sistemas, no se les ha enseñado que las comparaciones entre stocks y flujos pueden ser indicadores extremadamente importantes del estado de un sistema.
La ignorancia en marcha: hacia un capitalismo zombi
Con tamaña ignorancia de la dinámica de la deuda, los economistas académicos y los bancos centrales de todo el mundo esperan haber dejado atrás la crisis, aun cuando la causa de la misma – los excesivos niveles de la deuda privada - no ha sido atacada. Recomiendan el retroceso de los paquetes de estímulo público en la creencia de que la economía puede regresar a la normalidad tras las perturbaciones de la Gran Crisis Financiera.
Lo cierto es que lo ― normal en el último medio siglo ha sido un crecimiento insostenible de la deuda privada que, finalmente, ha terminado en una cumbre de la que ahora se está despeñando. Y a medida que vaya cayendo –porque los banqueros no quieren prestar, porque las empresas y los hogares no quieren tomar prestado, por la intención generalizada de reducir deudas, por quiebras y por bancarrotas —, la demanda agregada se reducirá hasta niveles muy por debajo de la oferta agregada. Por consecuencia, la economía trastabillará erráticamente, y sólo los estímulos públicos podrán reanimarla.
Será, sin embargo, un capitalismo zombi: las reducciones de deuda del sector privado vendrán a contrarrestar los intentos públicos de estímulo de la economía a través del gasto financiado con deuda pública. El crecimiento, si llega a darse, no será lo bastante alto como para evitar un desempleo creciente, y lo más probable es que el crecimiento se evapore en cuanto se retiren los paquetes de estímulos.
El único cursi de acción razonable pasa por reducir los niveles de deuda. Como sostiene Michael Hudson, hay una sencilla dinámica que resulta ineluctable: las deudas que no se pueden pagar, no serán honradas. La única cosa que hay que hacer es elaborar políticamente la manera en que ha de proceder esa sencilla dinámica.
Puesto que los préstamos fueron irresponsablemente ampliados por el sector financiero, a fin de apoyar esquemas piramidales tipo Ponzi en los mercados de valores y en los bienes raíces, deberían será los acreedores y no los prestatarios los que cargaran con los daños: exactamente lo contrario de la mentalidad de los rescates que ha dominado en todos los gobernantes del mundo.
Desgraciadamente, tendrá que haber un largo período de fracasos de las políticas económicas convencionales, antes de que se pongan por obra políticas alternativas, como la reducción deliberada de la deuda. Aplicar esas políticas alternativas requerirá un cambio espectacular de mentalidad, y probablemente también, un cambio generalizado de la vieja guardia de las elites políticas.
Requerirá asimismo romper con la hegemonía de la teoría económica neoclásica en la ciencia económica. Yo dudo mucho de que la profesión académica, o los economistas de los bancos centrales y de los ministerios de finanzas, sean capaces de cambiar. El cambio tendrá que venir de los rebeldes dentro de la profesión y de científicos ajenos a ella pero dispuestos a tomar al asalto una disciplina que los economistas han conducido al fracaso.
La segunda década del siglo XXI promete ser espectacular: política y económicamente.
NOTAS: 
[1] Bernanke llegó a desarrollar su propia interpretación de la teoría de Fisher. No entro en esa interpretación; no me parece que valga la pena el esfuerzo. 
[2] Un flujo es una magnitud económica medida como una tasa por unidad de tiempo; un stock, una magnitud medida en un momento del tiempo [n.T.].
(*) Steve Keen es un reputado economista australiano que trabaja en modelos matemáticos dinámicos, y que se ubica a sí mismo en la “tradición científica de Marx-Schumpeter-Keynes-Robinson-Sraffa-Minsky”. En los últimos años ha saltado las barreras de la estricta reputación académico-científica al construir un modelo matemático dinámico (a partir de las ya clásicas intuiciones de Hyman Misnky) que le permitió pronosticar en 2005 la crisis financiera capitalista que estalló en 2008.
Traducción: Miguel de Puñoenrostro
Fonte: Sin Permiso (http://www.sinpermiso.info)

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